A Cuadros

pasquín literario de ambigüedades


Un estudio dice que los niños ya no tienen miedo a los lobos. Temen a los terroristas, a los disparos en los colegios, a la guerra, al sida. Y este invierno, tendrán miedo a la gripe.

Esta mañana estudiaba en la Biblioteca Bio-Sanitaria, cuando alguien un par de filas más adelante estornudó. Después, silencio y un enjambre de cabezas mirando: hace pocos días, 4º de medicina volvió de su viaje de estudios en la Riviera Maya. 20 minutos después, en la cafetería que hay cerca de la biblioteca, alguien comentaba que tantos viajes y tanto inmigrante iban a acabar con el país.

La verdadera plaga no es la gripe; es el miedo.

Porque la gripe porcina no es más que una enfermedad más, quizás una de las 31 pandemias históricas de gripe que conocemos. Pero el miedo, el miedo es el principal elemento de la infección moral de la sociedad. El miedo ha sido la excusa política por antonomasia; la peste en Boccaccio: una excusa para juntarnos, alejarnos y hacernos contar historias en voz baja mientras el mundo simplemente sucede afuera; el miedo es el palo y la zanahoria de las sociedades desvertebradas.

No podemos permitir que el excurso del miedo confunda nuestra mente.

La gripe española, por poner el ejemplo de la que seguramente fue la peor pandemia de la Historia, habitó la indeformable estolidez de las fronteras y la censura de una Europa en guerra y a esa Europa aplicó su guadaña. Los 50 millones de personas que murieron, murieron en un continente, en un mundo, radicalmente distinto al nuestro. Y no hablo de medicina, hablo de sociedad.

Porque son la libertad de opciones de la Globalización, el imposible control de la información, la incapacidad de los Estados para enfrentarse a los problemas de mayor calado, los grupos que buscan nuevos referentes ideológicos, los que están permitiendo la resolución de esta crisis sanitaria; y no provocándola.

Esto no es algo que se quiera entender. Como dice David de Ugarte en su análisis del 11M,

Cada vez que una estructura social se abre, la primera respuesta no llega del más débil, sino del que disfrutaba de un pequeño monopolio local de poder.

La historia de la Europa de la Unión, es la historia de una estructura política que se ha armado sobre viejas estructuras de poder y no ha sido capaz de (o no ha querido) generar consensos cívicos y sociales para generar nuevos proyectos, nuevas realidades. Turquía, la PAC, el bloqueo comercial a China fueron síntomas de un mal que ahora se manifiesta en que el fantasma que recorre Europa es el fantasma del euroescepticismo.

Mientras lo que nos está mostrando este drama es que la globalización funciona. Que si las fronteras son necesarias para el desarrollo, para olvidar la deforme y desequilibrada adolescencia; cuando crecemos, y una vez que las matrices se secan, las fronteras son jaulas. Este es el legado del nacionalismo, un cenagal de Estados sordos y ciudadanos muertos.

Hemos de ser conscientes de que la única forma de salir de estas crisis (la sanitaria, la económica y la política) es abriéndonos; reforzando la libertad de movimientos y de oportunidades; impulsando una Sociedad Civil global y autónoma del poder político.

La verdad verdadera está ahí fuera.

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