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Las siete menos cuarto de la mañana. Parpadeo. Las siete (y creo que sobre esto existe cierto consenso) es la hora más cruel; por eso, nunca pongo el despertador a esa hora, antes o después pero nunca a las siete en punto. Parpadeo.
Me duché y, desnudo aún, tomé café frío y un trozo de pan untado en mermelada de ciruela. Encendí el portátil para comprobar que la bandeja de entrada del email estaba ya a rebosar: aunque, a primera vista, no había nada importante. ‘Móvil, cartera, ipod, llaves…’ repasé mentalmente antes de salir.
En el segundo, la nueva vecina (se había mudado, creo, aprovechando el fin de semana) trataba de entrar en su piso cargada con un montón de bolsas de papel a la americana de las que últimamente daban en el mercado general. Tenía el pelo rubio y dulce (como de cabello de ángel) y los ojos raros azul muy oscuro (pantone 425). Recuerdo que estaba preciosa pero recuerdo más aún lo raro que me resultó verla como si recién hubiera hecho la compra ¿Quién va de compras al mercado a las seis de la mañana? Es más, me pregunté aún medio dormido, ¿Está abierto el mercado a las seis de la mañana?
- ¿Te ayudo?
- Pues mira, gracias. A ver si puedes encontrar las llaves, las debo de tener en el bolsillo. – Y movió la cadera hacia mí. He de confesar que me pareció extraño que alguien a quien no conocía de nada me pidiera que le metiera la mano en el bolsillo del pantalón pero en seguida cambió de opinión. – O mejor, ten las bolsas.
Y me dio las tres bolsas. Abrió la puerta y me cogió una, dándome a entender que la siguiera. Su casa, post-mudanza, parecía un hospital robado. Dejamos las bolsas en la cocina, me dio un beso en la mejilla y me acompañó a la puerta.
- Muchas gracias
- Nada, por cierto, Cinto Gimeno el vecino del 3ºB.
- Carla Donluis. – Me guiñó un ojo.
Paré en un Starbucks y puse rumbo al departamento. Aquella noche, antes de dormir, me agregó a facebook. Había estudiado biología en Valencia y después había estado yendo y viniendo por el país ocupada con trabajos temporales. Le gustaba escuchar a Marlango en la ducha y era rubia natural. “Rubia y bióloga como la Obregón” se me ocurrió decir y si las miradas mataran (y las webcams catalizaran sus rayos mortales) me hubiera visto reducido a cenizas en ese mismo momento.
Al día siguiente no la vi en el descansillo pero charlamos por internet.
Yo: No, en verdad… no te pareces casi en nada a Ana Obregón.
Carla: Jajajaj, ¿Mala conciencia? Mira que no te guardo rencor.
Yo: No, que va. Es que acaba de salir en la tele… Es para que lo sepas, vamos. A mí me comparan con Florentino Fernández y no acabo de verme: siempre me he visto más parecido a George Clooney.
Carla: Jajajaj, a mi me das un aire… si eso te sirve.
Así se sucedieron los días, muchas mañanas nos encontrábamos y la ayudaba con las bolsas y estaba siempre preciosa. Otras no y, he de reconocerlo, la buscaba en internet con cierta ansiedad para hablar con ella.
No pasaron muchas mañanas, aunque sí muchas bolsas, hasta que decidí invitarla a tomar algo: un café, un pitillo (aunque yo no fumara), una copa o un amanecer, lo que quisiera. Luego, tardé varios días en proponérselo. Pero, al final, nos anocheció una tarde con dos copas de vino y un paquete de trufas de chocolate.
- Lo que no acabo de entender y llevo dándole vueltas un tiempo es por uqé vas tan temprano al mercado. – sonrió.
- Normalmente cuando me preguntan esto les digo que me gusta el olor a cilantro fresco y a pescado azul y a carne roja, y sólo cuando es muy temprano se puede oler bien. Siempre digo eso, siempre, pero es mentira. – Puse la cara de sudoku que tantas veces había ensayado de monitor en campamentos de verano.
- ¿Mentira?
- Sí, la mayoría de las veces es más fácil mentir.
- ¿Y ahora por qué no?
- No sé, me das confianza.
- ¿Y, entonces, por qué vas al mercado tan temprano?
- Porque estoy enamorada. – “Toma confianza”, pensé mientras trataba de contener la cara de gilipollas que todos los músculos de mi cabeza habían comenzado a poner. – Uno de los primeros trabajos que tuve aquí en Valparaíso fue en un restaurante italiano y, claro, todas las mañanas me tocaba ir con el ‘responsable de compras’ al mercado general. Allí la conocí – ¿’La’ conoció? –, no pongas esa cara, no soy lesbiana ni nada de eso.
- Que tampoco pasaría nada.
- Bueno… – me rozó la mano con dos de sus uñas mientras arqueaba los labios, traviesa.
- …
- El caso es que Cristina, tardé un montón en saber cómo se llamaba porque me daba (y hasta me sigue dando) vergüenza iniciar una conversación con ella, trabaja a media jornada en la quesería que hay al lado una pequeña frutería especializada en frutas rojas silvestres, ¿sabes dónde digo? Por eso empecé a ir tan temprano, porque si no iba a primera hora, antes de entrar a trabajar, luego en la tarde es imposible encontrarse. ¿Por qué te sonríes?
- No, por nada. Me parece tan raro que una mujer tan guapa como tú este enamorada en secreto de una quesera a media jornada y que para verla vaya a las 6 al mercado todas las mañanas. Es tan de argumento de novela pulp para adolescentes.
- ¿Qué problema tienes? – me dijo y frunció el ceño.
- No, no, no me malinterpretes. Piénsalo así, sin detalles: tienes que reconocer que es un argumento de folletín romántico y lo último que quiero es un relato romanticón, paso de alcanzar la fama con un ‘Crepúsculo’ y tener que aguantar a un montón de niñatas locas. Y, además, como dijo Hank Moody “El mundo no necesita más libros sobre vampiros”.
Ella había cambiado la cara de ofendida por una de ‘¿¡Qué carajo estás diciendo?!’ y, acto seguido, se puso a reír a cántaros. Me contó que en algún momento Cristina le había llevado a planearse seriamente su sexualidad pero que siempre habían sido comidas de olla en tardes de lluvia. Me habló también de su pueblo cuando nos sirvieron dos copas de un blanco de Rueda que se bebía como el agua y yo le conté que había estado viviendo unos años en la capital pero había vuelto a Valparaíso porque en Madrid hacía más frío (frío de noches solas, de caras y camas anónimas, de ‘ego solus ipse’) que en el resto de España aún sumando cada una de las mínimas del invierno más frío de la Historia.
Bebimos mucho más vino y camino a casa ella insistía en pararse en cada estatua de Calvo-Sotelo y pedirme que le echara fotos. Estaba tan bonita. Yo le decía lo mismo en cada estatua: “Amor, no tenemos cámara”.
E hicimos el amor y, casi en seguida, ella se quedó dormida con su pelo ensortijado sobre el pecho y la respiración entrecortada.
–
Y llegamos a la noche de marras. Aquella noche yo estaba preparando un paquete de fideos asiáticos (iba a decir chinos pero en realidad no recuerdo de que país eran); era tarde y como el dicho de ‘vísteme despacio que tengo prisa’ siempre me ha parecido una chorrada (si tengo prisa, yo al menos, me visto deprisa) pues, esto, iba rápido. Llamaron a la puerta.
- ¿Don Jacinto Gimeno Cuenca?
- Sí, soy yo.
- Muy buenas noches, perdone que le molestemos tan tarde. Soy Francisco Laurel, subinspector del Cuerpo Nacional de Policía y mi compañero el agente Álvarez. Va a tener que acompañarnos a la comisaría.
- ¿Yo? Pero ¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho?
- Lo ideal sería tratarlo en comisaría pero es un asunto vinculado con una de sus vecinas.
El resto ya lo saben, estoy aquí.
[b]
- Entonces… – justo aquí, el subinspector habría dado una larga calada para imprimir tensión a la pregunta que estaba a punto de hacer pero la puta ley antitabaco prohibía fumar en lugares públicos. – ¿De verdad quiere hacernos creer que aunque mantenía una relación con la sospechosa y hemos encontrado sus huellas en la mayoría de las bolsas de material, no tenía ni idea de nada?
Cinto pensó bastante su respuesta: estaba seguro de que pensaban que o era el peor mentiroso del país o el tío más tonto de todo Valparaíso.
- Sabés que estás siguiendo la peor estrategia de todas, ¿ah? – Era la primera vez que el agente Álvarez abría la boca y el acento argentino (o uruguayo, tanto da) le desequilibró. – Si vos no sabés nada de la chiquita esa, lógicamente no podés llegar a un trato. Pero si la vecinita esa te acusa, sabés que andás jodido.
- Claro, chaval. Ten en cuenta que ella te va a vender, a eso se dedica. Lo tiene fácil. Y cuando te cargue el muerto, estará todo hecho. Esta es una jugada muy habitual, la historia de la chica guapa que lía a un chaval para usarlo de cabeza de turco, ya me entiendes, es tan vieja como yo o más. – Es cierto, hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mayor que era (o parecía) el subinspector Laurel – Despierta que no es que te quede mucho tiempo.
- Sé perfectamente lo que tratan de hacer, se llama el dilema del prisionero: soy becario del departamento de lógica en la Universidad y sé cómo funciona y de verdad les digo que si supiera algo se lo hubiera dicho ya. Estoy acojonado. Pero es que, de verdad, no tengo ni idea ni de drogas ni de nada. De verdad, se lo juro. Nos cruzábamos en el descansillo y la ayudaba con las bolsas. Punto. ¿Qué nos acostamos? Sí, una vez y todavía ni me lo creo. Pero eso no tiene nada que ver, de verdad, créanme, por favor. ¿Cómo quieren que les diga cosas que no sé? ¿Qué quieren, qué me lo invente?
- Pará, tranquilizáte, que parecés Usain Bolt. Respirá. ¿Querés agua?
- No
- Mejor. No tenemos.
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Cuando Cinto salió acababan de dar las siete de la mañana: la ciudad empezaba a desentumecerse: había lagañas en las esquinas y bostezos en los semáforos. Las siete de la mañana.
Caminó hacia casa. Cuando llegara tendría que ducharse e ir a la facultad y aún así llegaría muy tarde. Por eso paró en la estación de autobuses y, en la cafetería, pidió un café con leche.
Bebía el café a pequeños sorbos y miraba a los viajeros. Conforme pasaban los minutos recordaba cada vez con más nitidez cómo aquella noche, en su cama con su pelo ensortijado sobre el pecho y la respiración entrecortada, hablaron hasta el amanecer y ella le confesó todo: cómo empezó en un viaje de fin de carrera a México, cómo lo terminó borracha de tequila y limón y sal y vete tú a saber que cosas en brazos de un familiar michoacano, cómo pasaban la droga en el queso Chihuahua y cómo Cristina, natural de Ciudad Juárez, se lo iba entregando cada día en una bolsa de papel sin mediar más palabra. Lo recordaba casi perfectamente: el tono de su voz, el color nacarado de sus ojos, el sabor de su piel aún en su boca.
Y tendría que recordarlo mejor si no, en el juicio, nunca la condenarían.