McFish y otras comidas halal.
12-Marzo-2010Llovía. Llovía a bocajarro, despiadadamente, como con la presumible intención de derrumbar psicológicamente a los niños que quisieran ir a jugar al parque. Yo me apretujaba bajo un paraguas de golf negro que había comprado en Londres por una libra y del que (precisamente por su ‘low cost’) aún buscaba su defecto de fábrica antes de que fuera demasiado tarde.
A medio trayecto a mi parada de autobús cuando la lluvia, los rayos y el viento me hicieron considerar seriamente Zeus, Dios padre y Alá se hubieran ido de farra la noche de antes y estuvieran descargándose sobre este pobre empirista lógico que les escribe, entré en un McDonald’s. Un McDonald’s que tenía mucho que ver con el restaurante del fin del mundo de Adams y estaba en el centro de un inmenso parking de un Carrefour en domingo.
Entré y traté de cerrar el paraguas aunque he de reconocer que fue un pelín complicado de puro manazas que soy. Luego fui al mostrador y pensé en qué tomar: algo pequeño porque no tenía hambre pero que justificara un buen rato de lectura en una de las mesas. Pedí un helado con oreo y me senté en una mesa. Fue justo entonces, casi cinco minutos después de entrar, cuando me di cuenta de que todas las personas que había en el local eran norteafricanos (lo que viene definiéndose en este país con el término, más antiguo y desprestigiado, de moros) que en distintas mesas (10 o 15) comían y charloteban en árabe. He de reconocer que me extrañé no sólo por el origen socio-cultural de la clientela sino porque, además, todos estuvieran cenando a unas horas tan extrañas (las 7 de la tarde más o menos).
Cucharada a cucharada estuve analizando tan peculiar hecho sociológico y constaté que todas las personas que entraban también eran norteafricanos. Fue así durante una hora y pico, hasta que entraron un par de niñatos que había aparcado sus trastos en la puerta. Había familias enteras, lo que parecían grupos de amigos e incluso algunos ancianos.
Empecé a recoger y me dirigí a la papelera cuando me di cuenta de algo mucho más siniestro: todos, excepto alguna ensalada y un par de cafés, comían hamburguesas de pescado. Todos. En ese momento recordé una conversación sobre la supervivencia o no del filete de McDonald’s (la favorita de mi madre) en estos tiempos modernos. Y vaya que si sobrevivía, lo que nunca hubiera sospechado es que lo hiciera (sobrevivir, se entiende) por un complejo rito social islámico (o lo que fuera aquello).
Volvía a mi casa (en medio de un diluvio que no cesaba) cuando se me ocurrió que quizá el McFish era la verdadera “Alianza de Civilizaciones”.
